Profile:: ADVENTURETRAVELERS Ceiba, Puerto Rico, USA
(En el idioma original al terminar el relato en español)
Nuestra historia de juegos en una noche decadente
Un mensaje enviado en un chat grupal privado. Unos cuantos emojis divertidos. Una simple pregunta: ¿Y si convertimos la noche de juegos en algo… inolvidable?
Para cuando llegó el sábado, la anticipación ya nos envolvía como la seda. La casa brillaba con una tenue luz ámbar, las velas parpadeaban contra las paredes, proyectando sombras que parecían moverse con intenciones secretas. La música pulsaba suavemente de fondo: lenta, rítmica, sugerente.
Sonó el timbre.
Las mujeres llegaron primero, cada una vestida no solo para impresionar, sino para seducir. Los vestidos se ceñían a las curvas como si estuvieran pintados sobre la piel. Las aberturas dejaban ver destellos de muslo a cada paso. El encaje insinuaba lo que había debajo. El perfume flotaba en el aire: vainilla cálida, jazmín suave, algo más oscuro y almizclado.
Los hombres nos siguieron, igualmente conscientes del ambiente de la noche. Camisas ajustadas, cuellos abiertos, sonrisas pausadas. Sus ojos nos observaban, apreciando cada detalle cuidadosamente elegido. Pero había un entendimiento tácito: esta noche, al menos al principio, este juego nos pertenecía.
Javi salió de la cocina con una pequeña bolsa de terciopelo. Su sonrisa era lenta, peligrosa.
«Solo para damas», dijo, vertiendo el contenido sobre la mesa.
Dos dados, pero no dados comunes. Cada cara contenía una orden. Una tentación. Un reto.
Un murmullo de emoción nos recorrió.
Nos reunimos en un círculo informal, con las rodillas rozándose, los muslos tocándose. El aire se sentía cargado, más denso. Alguien cerró la puerta con llave. Alguien más subió un poco el volumen de la música.
Lancé los dados primero.
Los dados resonaron contra la mesa de madera antes de detenerse.
Quita un elemento.
Un coro de vítores burlones siguió. Lentamente, muy lentamente, busqué la cremallera de mi vestido. No me apresuré. Dejé que mis dedos recorrieran mi columna vertebral antes de bajarla poco a poco. La tela se deslizó de mis hombros. El vestido quedó a mis pies.
Aplausos. Risas. Hambre en sus ojos.
Siguiente tirada.
Dar placer.
La habitación cambió.
Lo que comenzó como un juego juguetón se intensificó de repente, convirtiéndose en algo más profundo. Más suave. Más deliberado.
Las manos exploraron con curiosidad, luego con confianza. Los labios rozaron la piel que momentos antes había estado oculta. Un jadeo escapó de alguien —quizás de mí— cuando el aliento cálido rozó la piel desnuda. El ambiente se transformó de risa a una concentración lenta e embriagadora.
Cada nueva tirada significaba menos tela y más audacia.
Las medias se desprendieron lentamente, bajando con deliberada atención. Un sujetador se desabrochó con dedos temblorosos. Los tacones se apartaron de una patada. Las joyas se quitaron pieza a pieza como si se despojaran de algo más que accesorios, como si se despojaran de la contención misma.
Con cada capa que desaparecía, nuestras inhibiciones se disolvían con ella.
Empezamos a movernos de forma diferente.
Más cerca.
Las rodillas se separaron sin dudarlo. Los dedos se deslizaron por los brazos desnudos, por la cintura, por las caderas. Suaves suspiros se mezclaron con la música. Alguien echó la cabeza hacia atrás, dejando al descubierto su cuello en una silenciosa invitación.
Los dados volvieron a rodar.
Beso.
Pero no un beso inocente.
Fue lento. Exploratorio. Poniendo a prueba límites que ya no parecían importantes. Labios que se encontraron con curiosidad que rápidamente se convirtió en deseo. Lenguas que se jugaron. Manos que acariciaron rostros, luego descendieron.
Los hombres observaban, cautivados. Algunos se inclinaron hacia adelante inconscientemente. Otros se movieron en sus asientos, ajustándose sutilmente mientras el calor en la habitación aumentaba.
Otra ronda.
Quitar dos prendas.
No quedaba mucho.
Una a una, nos quedamos completamente desnudas bajo el cálido resplandor de las velas. Sin encaje. Sin seda. Sin barreras.
Solo piel.
Y el poder de ser vistas.
Pero no era vulnerabilidad lo que sentíamos, era control.
Brillamos. Confiadas. Un círculo de mujeres que se nutrían de la energía de las demás, moviéndose al unísono. Dedos que recorrían muslos. Uñas que rozaban espaldas. Los cuerpos se acercaron, las curvas se alinearon, el calor se mezcló.
Alguien rió entrecortadamente antes de fundirse en un gemido.
El juego continuó, pero los dados eran casi irrelevantes ahora. Habíamos encontrado nuestro propio ritmo.
La habitación olía a perfume, a piel y a algo eléctrico.
Nos exploramos con paciencia e intención. Sin prisas. Sin frenesí. Solo lentas y crecientes oleadas de sensaciones. Suaves murmullos de aliento. Jadeos silenciosos. Miradas compartidas cargadas de significado.
Hay algo embriagador en el placer colectivo, en saber que todos en la habitación se entregan al mismo ritmo.
Cuando los dados finalmente dieron la orden que lo cambió todo, se sintió inevitable.
Invita a una pareja.
El silencio que siguió no fue de vacilación.
Fue de anticipación.
Los hombres se levantaron lentamente, como si entraran en territorio sagrado. Sus ojos se oscurecieron al acercarse, absorbiendo cada curva expuesta, cada mejilla sonrojada.
No se abalanzaron.
Se unieron.
Las manos reemplazaron a las manos. Palmas más anchas deslizándose sobre las caderas. Dedos enredados en el cabello. Voces profundas susurrando aprobación en oídos sensibles.
La dinámica cambió de nuevo, no de forma abrumadora, sino amplificándose. La energía se multiplicó. El calor se intensificó.
Los cuerpos se entrelazaron con mayor plenitud. Brazos fuertes rodeando cinturas suaves. Labios recorriendo los hombros. La respiración se mezcló. El círculo se amplió y luego se enredó en algo bellamente caótico.
Los guiamos tanto como ellos nos guiaron a nosotros.
Los susurros se convirtieron en jadeos. Los jadeos en sonidos bajos y urgentes. La música se desvaneció en el fondo, reemplazada por el ritmo de la respiración, el suave roce de la piel contra la piel.
El juego había quedado en el olvido.
Ya no se trataba de dados ni de reglas.
Se trataba de entregarse.
De confianza.
De la deliciosa emoción de cruzar límites juntos.
El tiempo se desdibujó. Los minutos se fundieron en sensaciones. La luz de las velas parpadeaba contra los cuerpos en movimiento, proyectando sombras que danzaban sobre las paredes como arte viviente.
En algún momento, alguien buscó la mano de otra persona. Otro se recostó en brazos que lo esperaban. La habitación vibraba con conexión: no caótica, no descuidada, sino compartida e intencional.
Ya no éramos parejas separadas.
Éramos una experiencia compartida.
Cuando la noche finalmente comenzó a ralentizarse, no fue solo por agotamiento, sino por satisfacción. Esa que te deja cálido y pesado, con las extremidades relajadas, la piel sensible. Nos quedamos enredados en el suelo, en el sofá, contra los cojines que hacía rato habían sido apartados.
Las risas suaves volvieron.
Los besos pausados reemplazaron la urgencia.
Alguien dibujaba círculos con calma en el pecho de su pareja. Otro apartaba el cabello de un rostro sonrojado.
Las velas se consumían lentamente.
Y en el silencio posterior, intercambiamos miradas cómplices.
Lo que había comenzado como una idea juguetona se había transformado en algo inolvidable: una noche de confianza, conexión y placer sin complejos.
No se trataba solo de deseo.
Se trataba de libertad.
Y cuando finalmente recogimos nuestra ropa —aunque nadie se apresuró a ponérsela— todos comprendimos una cosa:
Esta no sería la última vez que jugaríamos a ls dados.
Our Story of a Decadent Game Night
It began as a whisper of an idea.
A message sent in a private group chat. A few playful emojis. A simple question: What if we turned game night into something… unforgettable?
By the time Saturday arrived, anticipation had already wrapped itself around us like silk. The house was glowing in low amber light, candles flickering against the walls, casting shadows that seemed to move with secret intentions. Music pulsed softly in the background — slow, rhythmic, suggestive.
The doorbell rang.
The women arrived first, each of us dressed not just to impress, but to tempt. Dresses clung to curves like they were painted on. Slits revealed flashes of thigh with every step. Lace hinted at what lay beneath. Perfume lingered in the air — warm vanilla, soft jasmine, something darker and musky.
The men followed, equally aware of the tone of the night. Fitted shirts, open collars, slow smiles. Their eyes took us in, appreciating every deliberate detail. But there was an unspoken understanding — tonight, at least at first, this game belonged to us.
Javi emerged from the kitchen holding a small velvet pouch. His grin was slow, dangerous.
“Ladies only,” he said, pouring the contents onto the table.
Two dice — but not ordinary ones. Each side held a command. A temptation. A dare.
A murmur of excitement rippled through us.
We gathered in a loose circle, knees brushing, thighs touching. The air felt charged now, thicker. Someone locked the door. Someone else turned the music up just slightly.
I rolled first.
The dice clattered against the wooden table before settling into place.
Remove one item.
A chorus of teasing cheers followed. Slowly — very slowly — I reached for the zipper of my dress. I didn’t rush. I let my fingers trail along my own spine before pulling it down inch by inch. Fabric slid from my shoulders. The dress pooled at my feet.
Applause. Laughter. Hunger in their eyes.
Next roll.
Give pleasure.
The room shifted.
What began as a playful game suddenly deepened into something heavier. Softer. More deliberate.
Hands explored with curiosity, then confidence. Lips traced skin that moments before had been hidden. A gasp escaped someone — maybe me — as warm breath met bare flesh. The mood transformed from laughter to slow, intoxicating focus.
Every new roll meant less fabric and more daring.
Stockings peeled away slowly, rolled down with deliberate attention. A bra unclasped with trembling fingers. Heels kicked aside. Jewelry removed piece by piece as though stripping away more than just accessories — as though shedding restraint itself.
With each layer that disappeared, our inhibitions dissolved with it.
We began to move differently.
Closer.
Knees parted without hesitation. Fingers slid along bare arms, down waists, across hips. Soft sighs blended with the music. Someone tilted her head back, exposing her neck in silent invitation.
The dice rolled again.
Kiss.
But not an innocent kiss.
It was slow. Exploratory. Testing boundaries that no longer seemed important. Lips met with curiosity that quickly turned to hunger. Tongues teased. Hands cupped faces, then traveled lower.
The men watched, captivated. Some leaned forward unconsciously. Others shifted in their seats, adjusting themselves subtly as the heat in the room climbed higher.
Another round.
Remove two items.
There wasn’t much left.
One by one, we stood completely bare under the warm glow of candlelight. No lace. No silk. No barriers.
Just skin.
And the power of being seen.
But it wasn’t vulnerability we felt — it was control.
We were glowing. Confident. A circle of women feeding off each other’s energy, moving in rhythm. Fingers traced along thighs. Nails grazed backs. Bodies pressed closer, curves aligning, warmth blending.
Someone laughed breathlessly before melting into a moan.
The game continued, but the dice were almost irrelevant now. We had found our own rhythm.
The room smelled of perfume and skin and something electric.
We explored each other with patience and intention. Not rushed. Not frantic. Just slow, building waves of sensation. Soft murmurs of encouragement. Quiet gasps. Shared glances heavy with meaning.
There’s something intoxicating about collective pleasure — about knowing everyone in the room is surrendering at the same pace.
When the dice finally rolled onto the command that changed everything, it felt inevitable.
Invite a partner.
The silence that followed wasn’t hesitation.
It was anticipation.
The men rose slowly, as though stepping into sacred territory. Their eyes darkened as they approached, taking in every exposed curve, every flushed cheek.
They didn’t pounce.
They joined.
Hands replaced hands. Broader palms sliding over hips. Fingers tangling in hair. Deep voices murmuring approval into sensitive ears.
The dynamic shifted again — not overpowering, but amplifying. Energy multiplied. Heat intensified.
Bodies intertwined more fully now. Strong arms wrapped around soft waists. Lips trailed down shoulders. Breath mingled. The circle widened, then tangled into something beautifully chaotic.
We guided them as much as they guided us.
Whispers turned into gasps. Gasps into low, urgent sounds. The music faded into the background, replaced by the rhythm of breathing, the soft collision of skin against skin.
The game was long forgotten.
This was no longer about dice or rules.
It was about surrender.
About trust.
About the delicious thrill of crossing lines together.
Time blurred. Minutes melted into sensation. The candlelight flickered against moving bodies, casting shadows that danced across walls like living art.
At some point, someone reached for someone else’s hand. Another leaned back into waiting arms. The room pulsed with connection — not chaotic, not careless, but shared and intentional.
We were no longer separate couples.
We were one shared experience.
When the night finally began to slow, it wasn’t from exhaustion alone — it was from satisfaction. The kind that leaves you warm and heavy, limbs relaxed, skin sensitive.
We lay tangled together on the floor, on the couch, against pillows that had long since been knocked aside.
Soft laughter returned.
Lazy kisses replaced urgency.
Someone traced idle circles along a partner’s chest. Someone else brushed hair from a flushed face.
The candles burned low.
And in the quiet aftermath, we exchanged knowing looks.
What had started as a playful idea had transformed into something unforgettable — a night of confidence, connection, and unapologetic pleasure.
It wasn’t just about desire.
It was about freedom.
And as we finally gathered our clothes — though no one rushed to put them back on — we all understood one thing:
This would not be the last time the dice came out.
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