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Noche de juegos

Profile: IVADAY Siquirres, Costa Rica

(En español como idioma original)

Noche de juegos

Llegaron con postres tibios y risas cansadas, como quien viene de un día largo y espera que las reglas de un juego pongan orden al desorden del mundo. Sobre la mesa, el mantel de cuadros, una torre de madera, un mazo de cartas con filos gastados, fichas de colores que tintineaban como monedas de un país ya extinto. Era sábado y afuera, la ciudad respiraba luces. Adentro, cuatro sillas, cuatro tazas, ocho manos. Todo parecía simple.
Ana quiso empezar con algo fácil: “Jenga”. Levantar una pieza, sostener el pulso, no derribar la torre. “El que pierda, cuenta una verdad”, propuso Gabriel, con esa sonrisa que esconde una prudencia antigua. Nadie objetó. Las primeras verdades fueron pequeñas: manías, miedos, pesadillas recurrentes que, al contarse, perdían filo. La torre subió tres pisos y ya nadie miraba el celular.
A la cuarta ronda, una pieza se resistió. Arturo la empujó con la yema del dedo, la balanceó por un segundo pareció que caerían todos los pisos como caen los planes cuando falta el sustento. No pasó. “Verdad”, dijo, y tragó saliva. “Hoy pensé renunciar. No por cansancio: por no saber para qué hago lo que hago.” Nadie rió. El silencio no fue castigo, sino campo recién arado. Belén tomó una servilleta, la dobló en cuatro y la puso frente a él, como quien entrega una pequeña bandera blanca. “A veces perder es la única forma de escuchar lo que se rompe por dentro”, murmuró.
Luego vinieron las cartas. Un “Díx…”, no, mejor “historias encadenadas”: cada quien agrega una frase, como si la realidad fuera un hilo que todos sostienen. Ana comenzó: “Había una casa al borde del mar donde la gente entraba para encontrar lo que había extraviado sin saberlo”. Gabriel pidió un dado prestado para decidir quién seguía Arturo añadió “y cada habitación devolvía un recuerdo con el olor intacto”. Belén, en cambio, no habló de recuerdos: habló de promesas. “La casa tenía una puerta que se abría con la palabra que nunca dijimos.” Nadie preguntó cuál era esa palabra. Cada quien la oyó internamente, con su propio timbre.
A la mitad de la historia, la eventualidad que nadie programó llegó sin estridencia: la luz del edificio parpadeó y se fue. La mesa quedó iluminada por la cocina, que retenía el último aliento del horno. Gabriel encontró una linterna y la puso de pie, apuntando al techo. La luz rebotó en el blanco y cayó como lluvia mansa sobre los rostros. El juego siguió, pero derrochaba otra gravedad. A veces los cortes de energía no apagan nada: revelan.
Fue en ese claroscuro cuando la noche dejó de ser “de juegos” y se volvió otra cosa. Belén pidió una pausa. Sostuvo la torre con las dos manos, como si fuese un ave exhausta. “Tengo algo que decir”, anunció, “pero no sé cómo ponerlo en una casilla de turno”. Nadie la apuró. Respiró hondo. “Hace meses cargo un diagnóstico. No es urgente, pero tampoco es nada. No quise decirlo para no añadir peso a lo que ya pesa.” El mantel de cuadros se volvió un territorio de mapas superpuestos. Ana acercó su taza a la de Belén. No fue consuelo fue compañía.
El juego cambió sus reglas sin avisar. Las verdades dejaron de ser penitencias y pasaron a ser llaves. Cada pieza que se movía en la torre abría una puerta en alguien. Ana habló de la carta de su padre guardada treinta años en un cajón, que leyó por fin esa mañana y entendió que el perdón lleva un calendario diferente al del mundo. Gabriel habló de la llamada que no ha hecho, esa que uno posterga porque sabe que la respuesta puede partir en dos la semana. Arturo, que suele resolverlo todo con chistes oportunos, se permitió la palabra “miedo” sin camuflajes.
Entre confesiones, alguien propuso un nuevo juego: “Inventar rituales”. No supersticiones: gestos mínimos para nombrar lo innombrable. Decidieron que cada vez que la torre titubeara, dirían en voz baja aquello que temen perder que cada vez que una carta encajara perfecto, mencionarían algo que desean cuidar que cada vez que el dado diese el mismo número dos veces seguidas, agradecerían por lo que aún no entienden. El azar, al servicio de la atención.
Sucedió entonces un fenómeno discreto: la mesa, ese rectángulo de madera al que siempre vuelven las conversaciones inacabadas, se convirtió en una isla. No porque separara, sino porque daba orilla. Desde allí, pudieron mirar, sin dramatismos, el oleaje de la semana, las corrientes subterráneas del año, la marea lenta de las decisiones que aún no se atreven a nombrar. Nadie prometió soluciones se regalaron presencia.
La electricidad regresó, pero no encendieron la luz. La linterna seguía erguida, derramando una claridad suficiente. Terminaron la historia encadenada con un último tramo: “La casa del mar no devolvía objetos—devolvía una forma de mirar”. Pactaron que si un día cualquiera la esperanza se quedaba sin batería, volverían a poner una linterna apuntando al techo y repetirían los rituales. No para negar lo difícil, sino para sostenerlo con la dignidad de lo compartido.
Quedaron restos de pastel, piezas fuera de la caja, dos cartas boca abajo que nadie volteó. Belén, que había llegado liviana por fuera y cargada por dentro, se atrevió a algo simple: pedir ayuda. No con discursos, sino con una frase que sabía a pan: “¿Me escriben mañana?”. No hubo promesas solemnes ni juramentos. Solo la certeza de que el mañana, visitado juntos, pesa menos.
Antes de despedirse, recogieron la torre. Ana guardó las piezas en una bolsa de tela que olía a lavanda. Gabriel acomodó los vasos, Arturo barrió las migas con la palma de la mano. Belén dobló el mantel siguiendo la cuadrícula, como si cada pliegue fuese un renglón donde quedaba escrito lo de esta noche. Nadie dijo “ganamos”. Tampoco “perdimos”. Dijeron “gracias”.
La puerta se cerró con ese sonido breve que confirma que algo quedó a salvo. Afuera, la ciudad volvió a ser luces y rumores. Adentro, sobre la mesa limpia, quedó una nota pequeña escrita con rotulador: “Reglas del próximo sábado: 1) traer un juego, 2) traer una verdad, 3) traer a quien somos cuando la luz se va”. Y debajo, una posdata: “Si la torre cae, que no se rompa lo que nos sostiene”.
La noche de juegos terminó. O quizá no. Quizá solo cambió de nombre.


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