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Parada de emergencia

Profile: CYED Caracas, Venezuela

(En español como el idioma original)

Parada de emergencia

Carmen:
Las tres de la mañana en Las Mercedes y la frustración me sabía a trago malo. Salimos del local con las ganas atascadas en la garganta. Dos semanas cruzando mensajes en sdc.com con un tipo que prometía ser un «single educado y de mundo», para terminar sentados frente a un carajito de veinticinco años con franela pegada, olor a anís y la madurez de un adolescente con hormonas alborotadas. Eduardo y yo ni siquiera tuvimos que hablar. Nos miramos sobre la barra iluminada de neón rojo, agarramos los abrigos y caminamos directo al estacionamiento.

A mis cuarenta años, con ochenta kilos bien repartidos, las caderas anchas, la barriga suave y caída por dos cesáreas y celulitis en las piernas, no tengo paciencia para perder el tiempo. Menos aun con dos hijos adolescentes en casa que a las ocho de semana piden desayuno. Me subí un poco el vestido apretado al caminar sobre el asfalto húmedo de Caracas.

—Qué pérdida de tiempo, Eduardo —dije, metiendo el labial en la cartera con un golpe seco.

Eduardo:
—Técnicamente, el problema no fue el filtro de la página, sino la brecha entre la expectativa digital y la oferta analógica —respondí, manteniendo mi paso medido a su lado. Sé perfectamente que sonar como un reporte de fallos en un servidor a las tres de la mañana es ridículo, pero mi cerebro funciona así, casi como un mecanismo de defensa para no perder los estribos—. En términos sencillos: el tipo era un chisme.

Ya estaba sacando la cuenta del nivel de gasolina del sedán, el tráfico en la autopista a esta hora y el riesgo de encontrar un alcabala de la policía antes de llegar a casa. Pero al mirar a Carmen supe que la lógica no servía para nada. Traía el cuello rojo de la rabia y el pecho subiéndole rápido. Cuando a mi mujer se le queda el deseo atravesado, el ambiente se pone pesado.

Caminamos hacia la esquina más oscura del estacionamiento, pegada al muro de una clínica adyacente. Y ahí se paró en seco.

Bajo la sombra de un mamey había una ambulancia vieja estacionada. Apagada, con las puertas traseras entornadas un par de centímetros para dejar circular el aire de la madrugada. Sin chofer ni paramédicos a la vista.

Carmen se le quedó viendo con la boca abierta. Luego me miró a mí. La chispa en sus ojos marrones no era rabia era esa electricidad vieja que le conozco desde los quince años.

Carmen:
Treinta años. Treinta benditos años con esa idea metida entre ceja y ceja. Cuando teníamos quince y pasábamos frente al Hospital Universitario en autobús, nos pegábamos al vidrio a imaginar qué se sentiría meterse en una ambulancia, entre tanques de oxígeno, mangueras y ese olor a antiséptico. Mucho antes de saber qué carajo era el ambiente swinger, de casarnos, de tener la primera cesárea o de abrir la cuenta en SDC, la ambulancia era el chiste y la fantasía recurrente de cuando no teníamos ni dónde caernos muertos.

Y allí estaba. Una unidad real, sola, en un lote a medio iluminar. Míranos ahora: con arrugas, con canas, con la vida resuelta y los cuerpos marcados por el tiempo, parados frente a la misma pendejada que nos quitaba el sueño en el liceo.

—Dime que estás pensando lo mismo que yo —le dije, sintiendo un calor denso bajándome por los muslos.

Eduardo:
—Que el costo marginal del riesgo es ridículamente alto comparado con la probabilidad de terminar en una jefatura —dije, sin moverme un milímetro. Pero mientras mi voz decía eso, mi cabeza ya estaba evaluando el perímetro: el vigilante del club estaba a cincuenta metros, medio dormido en su casilla la clínica no tenía movimiento en la puerta trasera. La relación riesgo-placer era pésima, y precisamente por eso la sangre se me fue directo a los pantalones.

Miré su vestido, el tinte rojo de su pelo resplandeciendo bajo el farol y la curva de sus caderas.

—Treinta años, Eduardo —insistió ella, pegándose a mi camisa. Olía a jabón y a ese sudor fino de la caminata—. La noche fue una basura. Vamos a arreglarla aquí.

Caminó a la parte trasera. El pestillo abrió con un chasquido metálico. Adentro olía a alcohol isopropílico, caucho, cuero sintético frío y humedad. Subió apoyando sus pies gorditos en el estribo y se metió en la penumbra.

Subí detrás y entorné las puertas, dejando una rendija para evitar que el seguro se bloqueara. La luz anaranjada de la calle entraba por las ventanas oscuras. Carmen ya estaba sobre la camilla, encaramada en el colchón de vinilo gris.

—Mira esto —susurró, pasando la mano por las correas de tela—. Es exactamente como hablábamos en el liceo.

Me acerqué y la tomé por la cintura. La carne firme de sus muslos y la masa suave de su vientre siempre me desarman. A mis cuarenta y tres años, me importan un demonio los cuerpos planos de revista la plenitud real de mi mujer es lo único que me prende la cabeza.

—Acuéstate —le dije, intentando mantener la voz grave mientras mi propia lógica se iba por el caño.

Se tiró de espaldas. La camilla chirrió bajo sus ochenta kilos. Le subí el vestido hacia las costillas y le quité la panty. Su vulva quedó expuesta, ancha y humedecida, con el vello crecido pero esparcido.

Carmen:
El choque del vinilo congelado contra la espalda me sacó un resoplido. Eduardo se puso entre mis piernas. Su barba con canas y esa mirada seria, metódica, como si estuviera resolviendo un problema difícil, me encendieron de inmediato.

Al abrirme el sostén y dejar mis tetas afuera —medianas, caídas por los años y por amamantar a los dos carajitos, con las areolas grandes y oscuras— me dio ese tirón de timidez de siempre. Esa milésima de segundo donde pienso en los años que me han pasado por encima. Pero Eduardo no me dio tiempo de pensar pendejadas: me agarró el pecho izquierdo con la mano abierta, pesándolo y apretándolo con ganas, mientras bajaba a morderte la clavícula.

—Treinta años, Carmen —me dijo al oído, respirando pesado—. Mírate dónde estás.

—Mételo ya, Eduardo —gemí, agarrándolo de los hombros. Sentía el marco metálico de la camilla clavándoseme en la espalda y el olor a desinfectante metiéndoseme por la nariz.

Se bajó el pantalón. Su pene tocó la piel caliente de mis muslos. Se acomodó sin rodeos y se hundió en mí de un solo empujón.

Eduardo:
Entrar en ella en ese entorno fue un cortocircuito. Su canal apretaba mientras la camilla sonaba contra el piso de lata del carro. Me sostuve de los rieles de aluminio del equipo de oxígeno para no aplastarla, manteniendo el control de los ángulos para no hacer demasiado ruido.

Desde arriba la veía entera: los ojos entreabiertos, la boca buscando aire, el cabello rojo regado en la almohada sintética. La cicatriz pálida de la cesárea subía y bajaba con cada embestida. Éramos dos personas maduras, con cuentas por pagar y responsabilidades a la mañana siguiente, jugando a los quince años en un carro ajeno.

—¿Te gusta la ambulancia, Carmen? —le pregunté, apretando el paso.

—Sí… dale duro, Eduardo —respondió, agarrándose de las correas de sujeción para no rodar. Sus pies gorditos se apoyaban en el marco de hierro.

El sudor nos saltó rápido. Mi pecho velludo chocaba contra sus pezones. La ambulancia entera se balanceaba suavemente sobre los espirales con cada golpe de nuestras caderas. La frustración de la noche se estaba quemando en puro ritmo.

Carmen:
Me agarré de las tiras de cuero como si de verdad me llevaran de emergencia. Mi marido estaba encima marcando la posición, con esa fuerza firme que tiene cuando decide tomar lo suyo. Sentía la barba raspándome el cuello, el peso de su barriga contra la mía y la carne chocando sin pena.

El clímax me cayó de golpe, una ola caliente que me nació en la base de la barriga. Apreté los músculos internos alrededor de su pene, arrastrándolo conmigo.

—¡Me voy, Eduardo! —gemí, pegando la cara a su cuello para ahogar el sonido.

Él no aflojó. Aceleró el fondo cuando sintió los espasmos de mi canal. Con un gruñido sordo, se enterró completo y soltó la leche adentro, caliente, llenándome el fondo.

Nos quedamos inmóviles, pegados por el sudor y los fluidos, escuchando únicamente nuestra respiración pesada en el espacio cerrado.

Eduardo:
Todavía estaba metido en ella, procesando que el plan improvisado había salido ridículamente bien, cuando escuché la variable que mi cerebro analítico había estado esperando: pasos sobre el asfalto y un manojo de llaves sonando con fuerza.

—Carmen —dije, en voz muy baja.

—¿Qué pasa? —respondió, todavía mareada.

—Llegó el dueño de la ambulancia.

Las dos puertas traseras se abrieron de golpe. La luz blanca y directa de una linterna táctica nos dio de lleno en la cara.

—¡¿Pero qué coño es esto?! —gritó una voz masculina, profundamente alterada.

El haz de luz iluminó la escena sin piedad: Carmen acostada de espaldas con el vestido subido hasta las axilas, las piernas abiertas, las tetas afuera y la vulva brillando por los fluidos y yo encima, con la camisa abierta, los pantalones en las rodillas y el pecho bañado en sudor.

Un paramédico de unos cuarenta y cinco años, con uniforme azul de emergencias, nos miraba atónito. La linterna le temblaba ligeramente en la mano.

Pasaron cinco segundos de silencio absoluto. Le medí la expresión: no había peligro inminente, solo una mezcla de rabia, choque visual y profundo descontrol.

Carmen:
La luz en la cara me encandiló, pero en vez de vergüenza, el remezón de morbo me recorrió el cuerpo completo. Miré al enfermero a través del brillo: un tipo robusto, canoso, con cara de haber trabajado doce horas seguidas y totalmente desarmado por la visión de mi cuerpo desnudo sobre su herramienta de trabajo.

Eduardo no saltó ni se tapó torpemente. Se incorporó despacio, cubriéndome con la espalda pero sin perder un milímetro de compostura.

—Buenas noches, amigo —dijo Eduardo, con la misma voz pausada con la que atiende a un cliente por teléfono—. Disculpa la interrupción en tu unidad.

El enfermero parpadeó. Pasó el foco de la luz de la cara de mi marido a mis senos descubiertos, bajó por mi abdomen con la cicatriz y miró la camilla. Tragó saliva de forma sonora. La rabia inicial en su cara se convirtió lentamente en una mezcla de incredulidad, deseo no planificado y cierto respeto involuntario.

—Hermano… —dijo el paramédico, bajando un poco la linterna—. Tienen exactamente cinco minutos para vestirse y desocupar la unidad antes de que llame a la seguridad de la clínica. Esto es una ambulancia, no un motel.

—Entendido perfectamente. Agradecemos la cortesía —respondió Eduardo con una frialdad impecable.

El enfermero entornó las puertas. Escuchamos el golpe seco de su espalda al recostarse contra el parachoques trasero, respirando agitado.

Eduardo:
Nos vestimos rápido pero sin atropellarnos. Le bajé el vestido a Carmen, le abroché el sostén y ella se acomodó el cabello rojo con los dedos. Nos bajamos. El tipo estaba allí parado, apoyado en el vehículo, mirándonos con una mueca entre seria y socarrona.

—Buena camilla, ¿verdad? —murmuró el paramédico, fijando la vista un segundo en las caderas de Carmen.

—Excelente suspensión —le contesté, tomando a mi mujer firmemente por la mano.

Caminamos hacia nuestro sedán bajo la penumbra del lote. El aire fresco de la madrugada nos secó el sudor de la cara. Subimos al auto y encendí el motor.

Antes de poner primera para arrancar a nuestra casa —a la rutina, a los platos sucios y a nuestros dos hijos adolescentes esperándonos—, me giré hacia el asiento del copiloto. Carmen me miraba radiante, con la frustración del club completamente borrada.


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