Profile: LESTOURTERELLE Seraing, Belgica
(En el idioma original al terminar el relato en español)
Dentro de los vapores del norte
Se habían marchado por impulso, como suele ocurrir.
Dudull, con su sed de emociones fuertes, piel palpitante y bocados de lo prohibido.
Labios Rojos, felina y extravagante, cuyos labios no llevaban ese nombre en vano.
Un fin de semana en el norte de Francia. Un hotel discreto y cuidadosamente elegido. Lejos de la vista, pero no del pensamiento.
Y, como guinda del pastel, un spa muggle en el sótano: un interludio húmedo y abrasador donde lo prohibido podía fundirse con el vapor.
Su noche había sido corta, pero intensa. De esas noches en las que las sábanas recuerdan, en las que las paredes memorizan los suspiros y los golpes de los riñones.
Pero incluso después de vaciarse, de desollarse, de susurrar hasta el amanecer, aún querían más.
Estaba en su naturaleza: insaciables. Incendiarios.
Tras una siesta de apenas dos horas, sus cuerpos volvieron a llamarse. Miradas que hormigueaban, manos que rozaban lo evidente.
Redlips le dedicó una sonrisa irónica:
—¿Por qué no probamos ese famoso spa?
El sótano del hotel olía a piedra húmeda y aceites esenciales. Una luz tenue envolvía el lugar en una suave intimidad.
Algunos huéspedes paseaban, parejas anónimas, solitarios perdidos.
Pero el jacuzzi estaba vacío. Una bendición. Una llamada.
Entraron en silencio, uno tras otro.
El agua estaba tibia, casi hirviendo, como un cofre de joyas viviente.
Se sentaron uno al lado del otro, las burbujas danzando alrededor de sus caderas, entre sus piernas.
Redlips se levantó el cabello, anudándolo instintivamente. Su cuello quedó libre, invitando a Dudull a posar la boca sobre él.
Y él no esperó.
Sus labios rozaron su piel empapada, saboreando la sal, el calor, el deseo que ya bullía en el ambiente.
—¿Sabes que nos puedes ver? —susurró ella, con una voz que vibraba entre el miedo y la excitación—.
—Eso es lo que te excita, ¿verdad?
Sus manos se deslizaron por sus muslos, apenas sumergidas en el agua.
Lentamente, lentamente.
Como si cada movimiento fuera una ofrenda, una promesa.
Labios Rojos separó ligeramente sus piernas. No fue un gesto repentino, sino una aceptación silenciosa. Un abandono consensuado.
Los dedos de Dudull encontraron su camino con naturalidad, entre los pliegues, en esa humedad cálida donde el agua solo disimulaba la verdadera humedad.
La sintió temblar, casi imperceptiblemente, su respiración contenida, como si el silencio pretendiera camuflar el placer.
Pero el agua no era sorda.
Y el deseo gritó en el silencio.
La penetró con los dedos.
Primero uno, luego dos.
Profundo. Lento.
Sabía exactamente dónde presionar, dónde buscar ese punto incandescente, ese nudo de placer que tanto amaba para hacerla vibrar.
Sus labios rojos se aferraron al borde del jacuzzi.
Sus ojos se empañaron. Sus labios se entreabrieron.
No gimió. Pero su cuerpo habló por ella.
—¿Vas a hacerme llegar al clímax… ahí?… ¿ahora?…
—Sí. Aquí. Y ahora.
Sus dedos se activaron, precisos, insaciables, como el resto de él.
Podía sentir su sexo palpitando contra sus nudillos, sus paredes contrayéndose al unísono con su respiración entrecortada.
Y de repente, fue como una ola, caliente, violenta, irresistible.
Dejó escapar un suspiro entrecortado, una queja ahogada, y luego todo su cuerpo se tensó.
A pesar del agua, a pesar del calor ambiental, sintió claramente el resplandor de su orgasmo.
Ella se desbordó bajo sus dedos, sin contención, sin artificio.
Un espasmo líquido. Una confesión de desbordamiento.
Se desplomó suavemente contra él, jadeando. Le temblaban las piernas.
Él la sostuvo, orgulloso, excitado, a punto de estallar.
—Ahora me toca a mí saborear el pecado.
Sin previo aviso, se colocó frente a ella, separando sus piernas con un movimiento de su pelvis.
Sus labios rojos no ofrecieron resistencia. Abrió los muslos, invitando, provocando.
La penetró con una sola embestida, deslizándose en ella como un regreso a la cuna, al caos original.
El calor del agua se mezcló con el de su sexo, haciéndola casi irreal.
Cada movimiento producía un chapoteo, cada vaivén se convertía en una ola en la piscina.
Pero nadie vino.
Quizás nadie lo vio.
O quienes observaban no se atrevieron a interrumpir la escena, fascinados, atrapados en un vértigo secreto.
La sujetó por las caderas, sus dedos hundiéndose en su piel.
Sus miradas permanecieron fijas la una en la otra, cómplices, perdidas, salvajes.
—Maldita sea… eres demasiado buena, Labios Rojos…
—Tómame… hasta el final…
Aceleró. Con más fuerza.
El lamido se convirtió en un torrente.
Su sexo la embistió con una urgencia animal, una ternura brutal.
Ella sintió que se acercaba, muy cerca, su rostro contraído, sus venas hinchadas.
Y en una última embestida, se vació dentro de ella, su sonajero vibrando en las paredes de piedra, sus brazos alrededor de sus caderas como si no fuera a soltarla jamás.
El silencio regresó. La calma después de la tormenta.
Se quedaron allí un instante, inmóviles, aún unidos, aún anclados el uno al otro.
Las burbujas reanudaron su danza, casi inocentes, como si nada hubiera pasado.
Entonces Labios Rojos se llevó un dedo a los labios, abrazándola con una sonrisa traviesa:
—Deberíamos venir al norte más a menudo.
—¿Y disfrutar de los jacuzzis?
—Y de las miradas. Y de ti.
Salieron de la piscina como quien sale de un escenario.
Sus cuerpos vibrantes, sus miradas cómplices.
Una actuación a puerta cerrada, un instante robado al decoro.
Pero fue en esos instantes donde se encontraron.
En esos baños hirvientes, esos placeres prohibidos, esos balnearios silenciosos.
Donde el vapor apenas disimula la verdad de dos almas que se devoran mutuamente.
In the vapors of the North
They’d left on a whim, as is often the case.
Dudull, with his cravings for thrills, quivering skin and mouthfuls of the forbidden.
Redlips, feline and flamboyant, whose lips didn’t bear that name for nothing.
A weekend in Northern France. A discreet, carefully chosen hotel. Out of sight, but not out of mind.
With, as the icing on the cake, a muggle spa in the basement – a moist, scorching interlude where the forbidden could melt into the steam.
Their night had been short, but intense. The kind of night where the sheets remember, where the walls memorize the sighs and the slams of the kidneys.
But even after they’d emptied themselves, flayed themselves, whispered until dawn, they still wanted more.
It was in their nature: insatiable. Incendiary.
After napping for barely two hours, their bodies called out to each other again. Glances that tingled, hands that brushed against the obvious.
Redlips slipped her a wry smile:
- Why don’t we try that famous spa?
The hotel basement smelled of damp stone and essential oils. A subdued light enveloped the place in a soft intimacy.
A few guests strolled by, anonymous couples, lost solitaries.
But the jacuzzi was empty. A godsend. A call.
They slipped in silently, one after the other.
The water was warm, almost scalding, like a living jewel box.
They sat side by side, the bubbles dancing around their hips, between their legs.
Redlips lifted her hair, knotting it in an instinctive gesture. His neck freed itself, inviting Dudull’s mouth to rest on it.
And he didn’t wait.
His lips brushed against her soaked skin, tasting the salt, the heat, the desire already brewing.
- You know you can see us? she whispered, in a voice that vibrated between fear and excitement.
- That’s what turns you on, isn’t it?
Her hands slid down her thighs, barely under water.
Slowly, slowly.
As if each movement were an offering, a promise.
Redlips spread his legs slightly. Not a sudden gesture, just a mute acceptance. Consensual abandonment.
Dudull’s fingers found their way naturally, between the folds, in this humid warmth where water only disguised the real wetness.
He felt her quiver, almost imperceptibly, her breath suspended, as if the silence were meant to camouflage the pleasure.
But the water wasn’t deaf.
And desire screamed in the silence.
He penetrated her with his fingers.
First one, then two.
Deep. Slow.
He knew exactly where to press, where to look for that incandescent point, that knot of pleasure he loved so much to make her vibrate.
Redlips clutched the edge of the jacuzzi.
His eyes misted over. Her lips parted.
She didn’t moan. But her body spoke for her.
- Are you going to make me come… there?… now?…
- Yes. Here. And now.
Her fingers activated, precise, insatiable, like the rest of him.
He could feel her sex pulsing against his knuckles, her walls contracting in unison with his short breath.
And suddenly, it was like a wave, hot, violent, irresistible.
She let out a broken sigh, a muffled complaint, then her whole body tensed.
In spite of the water, in spite of the ambient heat, he clearly felt the glow of her orgasm.
She spurted beneath his fingers, without restraint, without artifice.
A liquid spasm. A confession of overflow.
She collapsed gently against him, panting. Her legs trembled.
He supported her, proud, excited, on the verge of exploding himself.
- Now it’s my turn to taste sin.
Without warning, he positioned himself opposite her, spreading her legs with a stroke of his pelvis.
Redlips offered no resistance. She opened her thighs, welcoming, provocative.
He penetrated her with a single thrust, sliding into her like a return to the cradle, to original chaos.
The warmth of the water mingled with that of her sex, making her almost unreal.
Every movement made a splash, every back-and-forth became a wave in the pool.
But no one came.
Maybe nobody even saw.
Or those who were watching didn’t dare interrupt the scene, fascinated, caught up in a secret vertigo.
He held her by the hips, his fingers digging into her flesh.
Their eyes remained riveted to each other, complicit, lost, wild.
- Damn… you’re too good, Redlips…
- Take me… all the way…
He accelerated. harder.
The lapping became a torrent.
His sex slammed into her with an animal urgency, a brutal tenderness.
She felt him coming, very close, his face contracted, his veins bulging.
And in a final thrust, he emptied himself into her, his rattle vibrating in the stone walls, his arms around her loins as if never to let go.
Silence returned. Calm after the storm.
They stood there for a moment, motionless, still linked, still anchored to each other.
The bubbles resumed their dance, almost innocent, as if nothing had happened.
Then Redlips slipped a finger over her lips, embracing her with a mischievous smile:
- We should come up North more often.
- And enjoy the jacuzzis?
- And the looks. And you.
They left the pool as one leaves a theater stage.
Their bodies vibrant, their gazes complicit.
A performance behind closed doors, a moment stolen from decorum.
But it was in these moments that they found each other.
In those scalding baths, those forbidden pleasures, those silent spas.
Where steam barely conceals the truth of two souls devouring each other.
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